ANATOMÍA DE LA ANSIEDAD DEL ADOLESCENTE Featured

23 Marzo 2019, 12:00 am Written by 
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Ubicándonos frente a la natural, aunque injusta estratificación social, separemos, tentativamente, a los adolescentes de la clase base alta y media alta,

valiéndonos del parámetro socioeconómico que inspira la diferenciación de los conceptos afectivos, creando los mecanismos estresores.

Hay mucha diferencia entre los estresores que perciben los adolescentes de la clase base-alta en comparación con los de la clase media-alta, debido a las diferentes fuentes de amenaza.

En los adolescentes de la clase base-alta hay más baja  valoración de su “Yo” y una mejor evaluación del dolor y consecuentemente una mayor propensión a muchos estados de ansiedad; desde el inicio de la vida del ser de esta subclase se nota arraigado el criterio tradicional de la importancia, por ejemplo, de ser "hombre". El ser hombre es más importante que el ser mayor de edad, a pesar de que en este medio las edades maduras son consideradas como de mayor prestigio que las edades jóvenes. Mucho se espera de los varones: deben ser inteligentes, sabios, expertos respecto al sexo, precoces en diferentes cosas prácticas de la vida y sobre todo no deben tener miedo a nada, ni a nadie. Este prestigio espectacular derivado de las anticipaciones familiares (porque eres el hombre de la casa), le desubican y crean estresores muy fuertes que generan  fuerzas compensadoras que son el basamento de las pandillas de delincuentes o la causa inmediata del alcoholismo u otra adicción.

Los recursos y oportunidades de realización son mayores para los adolescentes de la clase media-alta y esta realidad genera una serie de frustraciones en la clase base-alta. La incapacidad de vivir a la altura de sus conceptos origina sentimientos de ineptitud e inseguridad. Surgen mecanismos forzados de autodefensa que desembocan en una tendencia a jactarse, fanfarronear y hacer alarde de las características exigidas por la moda y más moldes culturales del momento; esto impide que se aprecie en los demás su potencialidad, sus aptitudes, habilidades, efectividad, maestría y reduce al joven a un plano muy sensible a la destrución.

La pérdida de apreciación de los logros de los demás aligera los graves sentimientos de minusvalía y de ineptitud de la mayoría de esta sub-clase que cubre más o menos el 70% de nuestra población de adolescentes.

El adolescente que se evalúa a sí mismo más bajo que los demás paga esta desubicación con una más alta propensión a la ansiedad y busca situaciones compensatorias en otros estados que le provocan mayor ansiedad como el cigarro, el alcohol, la droga y la delincuencia en general. Entre los jóvenes de esta clase, entre más alto se percibe la potencia de la enfermedad, de la tristeza, de la muerte, más alta es su propensión a la ansiedad y al fracaso. Para las adolescentes de esta clase, que son un tanto más protegidas que los varones, mientras más alta sea la potencia del insulto, de la borrachera, de la vejez y sea más baja la consideración de su “Yo”, mayor será su propensión a los ataques de ansiedad.

Para los adolescentes de la clase media- alta, las fuentes significativas de amenaza son diferentes, la potencia al dolor, percibida afectivamente, es la más grande amenaza para estos adolescentes. Entre más grande sea la potencia del dolor sentimental más alta es la propensión a los ataques de ansiedad. El fracaso en el amor es una de las causas más importantes del fracaso individual en este grupo, es una fuente activa de resentimiento y sufrimiento neurótico.

Como se ve, el ser hombre o mujer y la clase social son factores determinantes de los estresores específicos en el adolescente. La determinación de los diferentes estresores nos permiten entender a los adolescentes para descubrir las raíces de la mala adaptación y sus programaciones infantiles y propiciar su liberación mediante terapias adecuadas y oportunas para evitar la neurosis en cualquier medio social.

En la cultura mexicana tradicional, que es semejante a otras hispanoamericanas, en lo referente a la masculinidad y femineidad es dramático el ver hasta qué punto el género determina la naturaleza de los estresores. Hay mucha preocupación y desinterés contrapolados que engendran una situación extenuante  y una rara ansiedad enmascarada, respecto a poder vivir de acuerdo con las demandas de la cultura, particularmente más en los jóvenes deprivados de la clase base.

Por lo visto y atendiendo a la perfectibilidad del hombre es conveniente que las personas y entidades preocupadas por el bien de la humanidad, a más de pensar en el alimento material de los niños desposeídos, deben tomar conciencia para fortalecer las bases en su propio medio, atenuando, de alguna manera, y con valentía, el reforzamiento de estados de culpabilidad o resentimiento subcultural.

Las ideas democráticas impiden hablar clara y francamente de las diferentes clases sociales y las barreras erigidas para impedir el libre paso entre una y otra; pero las diferencias sociales son evidentes y están aquí y en todas partes e influyen de un modo contundente en el comportamiento individual creando, en algunos casos, verdaderos conflictos de identificación personal.

Cada clase social marginada o media, profesional o empresarial enarbola su propio conjunto de valores e ideales marcadamente diferentes y conforme avanza en la pirámide de estratificación social, hacia arriba hay más definición de valores; pero al descender  se confunden las expectativas y en la clase marginada o base, se confunden aún más los motivos que generan las expectativas de lo que las otras clases esperan de ellos

En muchos casos los adolescentes buscan su ubicación y luchan contra “poderes desconocidos” y aquí surge otro problema y es cuando se hace necesaria la presencia del psicólogo.

Pese a las claras diferencias  de las clases sociales hay una necesaria interdependencia y la fuerza motivacional de cada individuo nace de la tendencia al propio desarrollo y actualización en su propio medio. La orientación adecuada y oportuna siembra el deseo no de pasar de una clase social a otra sino de ser el mejor en su propia clase. Esto no frena la idea de progreso, sino que centra la eficacia para satisfacer las necesidades básicas de desarrollar su potencial hasta el máximo y evitar el desgaste de energía en el empeño de desplazar a otros. El triunfo del hombre no se mide por la cantidad de espaldas por las que ha escalado sino por la dosis de seguridad, independencia, afecto y estabilidad, lo mismo que participación, trabajo, disciplina y perseverancia y aprobación de su propio entorno social. 

En la educación de valores toca a los adultos ejemplificar con vivencias constructivas que ayuden al adolescente a labrar su propia identidad, descubriendo su significado personal sobre la realidad de su entorno, tratando de encontrar y destruir los motivos que generan inseguridad, miedo, inferioridad con respecto a sí mismo y a su actividad en su medio. 

Conviene evitar la consideración de determinadas situaciones problemáticas de algunos adolescentes como propias de la edad. La adolescencia, pese a su nombre, de lo único que adolece es de la comprensión del adulto. Escuchamos con bastante frecuencia afirmaciones tan sin valor formativo como éstas: “No te preocupes hijito, muchos que son hombres importantes hoy en día, se portaron como tú, cuando tenían tu edad... son problemas de la edad...  ya pasará, dicen que tu papá fue peor y ya ves donde está ubicado...”, etc. 

Si los problemas de algún adolescente descarriado se generalizarían a todos por la situación de edad, las escuelas secundarias y preparatorias necesitarían una pléyade de psicólogos, terapeutas y psiquiatras. La verdad es que los problemas del adolescente están sencillamente en relación directa con la dosis de formación de la niñez, impartida por los papás en el seno del hogar.

 

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Lic. Carlos del Salto del Salto

Director general del Centro de Estudios John F. Kennedy

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