VALORES FAMILIARES Featured

2 Enero 2020, 12:00 am Escrito por 
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Nunca será por demás reiterar que padres de familia, profesores y estudiantes son los elementos protagónicos de la educación.

Los padres inician su actividad, generalmente, por amor, al formar la familia, guiados por la propia naturaleza y la necesidad de la conservación y renovación de la especie. Ya se dijo que la familia es la célula de la sociedad y constituye el cimiento que debe estar protegido por los intereses de la comunidad. Es una organización funcional en la que los cónyuges gozan de igualdad de derechos y obligaciones diferenciadas por el contexto cultural.

Cualquier programa educativo, que intente prescindir del principio fundamental de la organización funcional de la familia, está condenado a fracasar. No es posible hablar de triunfos educativos al margen de la familia. En el seno de la familia y solamente allí se dan los valores básicos que pueden facilitar el proceso de formación. Es conveniente recordar que  “para adquirir conocimientos se tiene toda la vida, pero para la formación hay determinadas etapas, perfectamente diferenciadas, que no esperan ni se repiten”. 

Solamente el sistema escolarizado propicia y fomenta el gradual desarrollo y desenvolvimiento del educando, poniendo especial interés en la continuación del cultivo de valores que le ayudarán a triunfar. De acuerdo con la forma conductual, en la adquisición de conocimientos y relación interpersonal, se comportará, más tarde, en el cumplimiento de deberes y ejercicio de derechos. Realmente tendrá éxito el trabajo escolar solamente si hay profunda cimentación en lo que a valores familiares se refiere. Una buena escuela no hace milagros, ni inventa, ni comercia con la excelencia real o virtual. Los valores básicos que solamente se dan en la familia y constituyen el punto de partida para la educación escolar, respetando cualquier otro criterio, son:

  • Puntualidad
  • Trabajo, disciplina y perseverancia
  • Respeto
  • Responsabilidad
  • Limpieza
  • Orden
  • Comunicación adecuada, etc. 

En la familia nace el sentido y la importancia de la puntualidad que  permite conocer el cuidado y diligencia para hacer las cosas a su debido tiempo y en el lugar indicado. La puntualidad es la consecuencia de la calidad personal y proporciona:

  1. Calidad de exactitud,
  2. Precisión,
  3. Cumplimiento,
  4. Prontitud,
  5. Metodicidad, etc.

“La puntualidad ubica, por derecho, en los primeros lugares”. 

Al cultivar el respeto en las relaciones familiares éste se hace extensivo a la sociedad, permitiendo la justa apreciación de las bondades de una persona, con la ubicación adecuada al tiempo, lugar y circunstancias. Del cultivo del respeto se deriva una serie consecuencial de actitudes que enriquecen la personalidad como:

  1. El principio de sujeción y respeto a la

autoridad.

  1. La fidelidad.
  2. La admiración.
  3. La lealtad.
  4. La obediencia racional
  5. La tolerancia
  6. La cortesía y la atención

“Si se aprende a respetar se aprende a ser respetado”. 

Cuando se inculca en familia la predisposición a responder por lo que se piensa, se dice y se hace, se está cultivando el valor de la responsabilidad que es la garantía del cumplimiento de las obligaciones de estado y  se está preparando para el ejercicio de los derechos. “El compromiso y la competencia responsable avalan la calidad en el servicio”.

Los hábitos de trabajo se cultivan desde cuando el niño comienza a jugar. “El juego para el niño es lo que el trabajo para el adulto”. Si se considera el trabajo como servicio, se destierra la idea de que el trabajo es un mal necesario y se inculca la predisposición al uso del esfuerzo y creatividad para satisfacer, de la mejor manera, las necesidades propias y del medio. Partiendo del gusto por lo que se hace, el trabajo pasa a un plano de dignidad y ahoga al sentido de esclavitud y, poniendo en juego la acción creativa, el trabajo pasa a ser divertido y satisfactorio. 

“De la dosificación y el control adecuado de los juegos infantiles, se derivan los hábitos  de trabajo del adulto”.

El cultivo de valores está  directamente relacionado con el desarrollo de la función cerebral. Se ha dicho que una persona normal usa del 0.1% al 10% de su capacidad mental y esto se debe al descuido o maltrato cerebral por falta de entrenamiento desde la infancia; pero sí es posible reparar las pérdidas y desarrollar más, en todo tiempo, mediante una adecuada motivación y estímulos especiales. Cuando se somete al cerebro a desafíos, se mantiene en condiciones óptimas y en continuo desarrollo, favoreciendo a todo el organismo. “Las dificultades son esmeriles que pulen el alma”.

El niño es como una esponja, absorbe todo lo que digan y hagan en su presencia. Si, desde temprana edad, se ayuda a la configuración de sus formas mentales, se estará dando trámite y procesando aquello de “pensar bien para vivir mejor”. El bombardeo de los medios de comunicación, sobre todo el televisivo, invade el campo de formación e información infantil y conviene ajustar filas para enfrentar a esta competencia desleal con acciones concretas; porque la televisión realmente no crea adicción sino que comunica las adicciones de la sociedad.

El valor de la limpieza comienza con la higiene mental, necesariamente en la familia,  se confirma el respeto a la dignidad personal, reconociendo las limitaciones propias y ajenas, comprendiendo el valor de la autorrealización y alimentando la autoestima. La práctica de la limpieza, curiosamente, da como resultado los siguientes valores necesarios para la superación personal:

  1. La precisión,
  2. La destreza,
  3. La agilidad,
  4. La exactitud,
  5. La meticulosidad. 

“La gente mentalmente equilibrada cuida su higiene y la limpieza de su entorno”

El orden y la disciplina están hermanados y permiten la realización en tiempo y forma de las actividades relacionadas con su estado. Solamente si hay orden y disciplina en la familia se puede trasmitir el conocimiento y práctica de aprendizajes útiles para la vida, desde la infancia; después es muy difícil ingresar a la cultura del orden. La disciplina exige que se haga, de la mejor manera, lo que se tiene que hacer en el lugar indicado y en momento determinado. Responde a las preguntas de: ¿qué?... ¿dónde?... ¿cómo? y ¿cuándo?... El sistema escolarizado permite ejercitar estos valores al aceptar, como una acción reglamentaria y formativa, los horarios de clase, los calendarios de exámenes, las disposiciones superiores, etc.

La creación de reglas familiares y las consecuentes sanciones por su transgresión es parte del ingreso al mágico mundo de la disciplina. Funciona de una manera increíble el establecimiento del “lema de la familia”, en cuya formulación deben participar los padres y los hijos para que haya una corresponsabilidad en la observancia de los acuerdos. Las sanciones serán razonables y directamente proporcionales a la infracción. Los responsables deben sujetarse a una información previa, clara y precisa. La falta de conocimiento de una reglamentación siempre será un atenuante.

“Si hay orden y disciplina en la familia, en la escuela, se facilitará la consecución de los fines educativos”.

La comunicación, frecuente y adecuada, impide malos entendidos y extiende los  puentes sobre las brechas generacionales. La comunicación familiar debe ser profunda, trascendental, sin máscaras ni escudos. En algunos casos, por la intransigencia paterna, se producen rebeldía y groserías; cuando en vez del diálogo se emplea la fuerza, los insultos y la humillación que debilitan y destruyen la autoestima. En Sentencias de sabiduría se lee: “La comunicación profunda se da solamente entre personas que se quieren y, al suceder, se abre el cofre del tesoro en el que se guardan las dudas, temores, anhelos, dolores, tristezas, gustos, quereres, etc.”. .

En familia también se puede aprender y mejorar la comunicación y al mismo tiempo educarla haciendo uso de todas las formas incluyendo la comunicación no verbal espontánea. Por ejemplo, el aprender a sonreír y conservar la sonrisa en la comunicación, desde la niñez, relaja y libera, a la vez que aumenta el flujo circulatorio y la oxigenación del cerebro, tan necesaria para el mejor funcionamiento de todas las facultades mentales.

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Lic. Carlos del Salto del Salto

Director general del Centro de Estudios John F. Kennedy

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