El amor siempre está disponible para quienes desean crecer y ayudar a sus hijos a hacerlo.

No es una idea nueva: todos sabemos que el amor transforma. Sin embargo, algunos adultos se acostumbran tanto a escuchar estas verdades que creen que ya no necesitan aplicarlas. Así, mientras los jóvenes cambian con enorme rapidez, muchos padres siguen atrapados en viejas rutinas que no funcionan.

Si reconocemos el valor del amor como base del éxito personal y familiar, entonces no basta con hablar de él: hay que convertirlo en acciones cotidianas en casa. 

Cuando el amor se confunde con permisividad:

En la vida escolar surgen situaciones que hacen evidente cómo algunas creencias de los padres, aunque bien intencionadas, pueden causar el efecto contrario. Recuerdo el caso de una madre llamada al colegio por el bajo rendimiento de su hijo.

Con profunda preocupación, decía:

  • “No quiero que mi hijo sufra.”
  • “Quiero darle lo que yo no tuve.”
  • “Le doy lo que me pide.”
  • “No le exijo porque quiero educar su libertad.”
  • “Le preparo todo para que aprenda a ser ordenado.”
  • “Tiene permiso para ver lo que quiera, para que se informe.”
  • “Si necesita dinero, se lo doy para que aprenda a manejarlo.”
  • “Lo defiendo de todos, incluso de los profesores.”
  • “Jamás lo regaño para evitar traumas.”
  • “No controlo sus amistades; debe aprender a elegir solo.”
  • “Está en esta escuela porque quiso estar con sus amigos.”
  • “Le ayudo en las tareas hasta altas horas de la noche.”
  • “Hago todo por él… y aun así reprueba. Ya no sé qué hacer.”

Mientras ella hablaba con lágrimas contenidas, el padre escuchaba en silencio, como ejerciendo un acto de fe. Y aunque cada frase parecía lógica o amorosa, en conjunto revelaban un patrón: mucho amor, pero poca orientación.

Estas ideas se escuchan con frecuencia en escuelas y consultas psicológicas. Incluso algunas se dicen con orgullo: “Mientras yo viva, a mi hijo no le faltará nada.” Pero la pregunta inevitable es: ¿y después?

Si no funciona… hay que cambiar:

Si lo que se ha intentado no está dando resultados, es momento de ajustar el rumbo. Educar no es complacer, sino acompañar, guiar, poner límites claros y enseñar a enfrentar la vida.

Los seres humanos somos valiosos por naturaleza, pero siempre perfectibles en nuestra forma de convivir, amar y educar.

Una “reeducación” de los padres nunca es tarde. Todos podemos aprender nuevos modos de criar, comunicarnos y poner límites sin dejar de amar. Educar es un acto de humildad: significa revisar lo que hacemos y corregir lo que afecta el bienestar familiar.

El valor de la adversidad:

Las familias que han crecido en la adversidad suelen desarrollar fortalezas que las de comodidad heredada no siempre conocen. Las dificultades obligan a desplegar creatividad, disciplina y resiliencia.

Cuanto mayor es el reto, mayor puede ser el crecimiento. Las adversidades, bien acompañadas, fortalecen el carácter, la voluntad y la capacidad de salir adelante.

Para padres jóvenes: ideas clave:

  • Tu hijo necesita amor, pero también límites.
    El cariño sin estructura no educa, confunde.
  • No lo protejas de todo.
    Enséñale a resolver problemas, a enfrentar consecuencias y a ser responsable.
  • No hagas por él lo que puede hacer solo.
    La autonomía se entrena.
  • La libertad no es ausencia de normas.
    Es aprender a decidir dentro de un marco sano.
  • Defenderlo siempre no lo fortalece: lo debilita.
    Acompaña, no sobreprotejas.
  • Tu ejemplo educa más que tus palabras.
    Coherencia es clave.
  • Busca ayuda cuando la necesites.
    Ser padre no es saberlo todo, sino estar dispuesto a aprender.

Si queremos hijos capaces, responsables y emocionalmente sanos, necesitamos revisar nuestras creencias sobre la crianza.

Educar es un acto de amor profundo, pero también de firmeza, coherencia y paciencia. Y siempre, siempre, se puede empezar de nuevo.