En la vida diaria, muchas veces reaccionamos sin pensar en el final de lo que hacemos.

Actuamos “como vaya saliendo”, sin detenernos a preguntarnos: ¿Para qué? ¿Cómo? ¿Con qué recursos? ¿En qué orden? Así como a veces vemos personas que tienen mucha prisa; pero no saben realmente hacia dónde van.

En la vida familiar pasa algo parecido. No siempre se marca una dirección clara y, sin darnos cuenta, nuestros hijos aprenden de nosotros una forma de vivir improvisada, llena de decisiones impulsivas y consecuencias que después no entendemos. Y entonces surge la pregunta: ¿por qué mis hijos tienen tantos problemas?

Muchos de los caminos que toma una familia pueden verse desde el noviazgo. Si la relación comenzó sólo por atracción o por sueños irreales de “vivieron felices para siempre”, es fácil que, ya formada la familia, falte un proyecto de vida y aparezcan compromisos inesperados que generan estrés y desgaste.

Cuando no sabemos a dónde vamos ni con qué contamos, terminamos culpando a la economía, a la sociedad, a las amistades, a los medios, a la mala suerte o incluso a Dios, con tal de justificar decisiones poco pensadas.

La familia, como cualquier proyecto importante, necesita planificación consciente. Igual que un arquitecto hace planos antes de construir, también nosotros necesitamos imaginar, organizar y prever lo que queremos para nuestro hogar: ¿Qué buscamos? ¿Qué necesitamos? ¿Qué recursos tenemos? ¿Qué pasos vamos a seguir?
Si para construir una casa se requiere un buen proyecto, ¡Cuánto más para construir una familia, que es una obra que trasciende generaciones!

Planificar significa organizar los medios y los pasos para alcanzar un objetivo, reconociendo los obstáculos y aprovechando lo que tenemos a favor. Proyectar significa pensar en lo que queremos que suceda y preparar el camino para lograrlo.

En la educación de los hijos, esto implica que el proyecto familiar vaya en sintonía con el proyecto escolar. Cuando ambos se contradicen, los hijos se sienten desorientados. Y también significa entender que la planificación familiar no se limita al tema de anticonceptivos; es mucho más amplia y profunda.

A veces será necesaria la ayuda de especialistas: psicólogos, terapeutas, psicopedagogos, sociólogos. Su función no es resolver el problema por nosotros, sino ayudarnos a ver que muchas dificultades nacen dentro de la propia familia, y que siempre hay señales que conviene atender a tiempo.

El autor Cuauhtémoc Sánchez, en “Un grito desesperado”, menciona 10 señales de alerta que cualquier familia debe tomar en serio:

  1. Se siente incomprendido por la familia.
  2. No quiere perdonar.
  3. Experimenta tristeza, rencor o amargura.
  4. Se aleja y habla poco.
  5. Se vuelve crítico, ataca o es ingrato.
  6. No agradece nada.
  7. Justifica sus malos hábitos y no escucha consejos.
  8. Defiende la “libertad sexual” sin límites.
  9. Busca amigos que también se sienten incomprendidos por sus padres.
  10. No se quiere a sí mismo y daña su capacidad de amar.

Por su parte, Pablo Mier, en “Psicología, riesgo total”, ayuda a responder preguntas que muchos padres se hacen hoy:

  • ¿Por qué mi hijo me desespera con tanta facilidad?
  • ¿Cómo hablarle de drogas, sexo y alcohol?
  • ¿Cómo ser su amigo sin perder autoridad?
  • ¿Cómo entenderlo y ayudarlo de verdad?

Información hay mucha. Lo que hace falta es padres con ganas de aprender y enseñar, y hijos dispuestos a recibir guía, aunque a veces no lo parezca.