Para educar a nuestros hijos en el mundo actual no basta con enviarlos a un buen colegio.

Los maestros hacen un gran esfuerzo por actualizarse y dar lo mejor de sí; pero la educación verdadera comienza en casa. Hoy en día, la relación entre la familia, la escuela y la comunidad sigue siendo débil y eso afecta directamente el desarrollo de los niños.

Diversos diagnósticos coinciden en algo importante: en el hogar todavía hay mucho por trabajar, especialmente en el descubrimiento y fortalecimiento de valores que sólo se aprenden en familia y que acompañan a las personas durante toda la vida.

La familia actual enfrenta grandes retos: presiones económicas, falta de tiempo, estrés y cambios acelerados en el estilo de vida. Todo esto puede generar una crisis familiar que, si no se atiende, termina afectando a los hijos. Tal vez ya no se puede vivir como antes; pero sí es urgente replantear el estilo de vida para crear un ambiente sano que favorezca la educación y el crecimiento emocional de los niños.

Buscar culpables del rezago educativo no soluciona el problema. Sin embargo, sí nos ayuda a reconocer que los protagonistas de la educación son tres: padres, maestros y alumnos. Cuando los padres no asumen su responsabilidad formativa, esperan que la escuela “arregle” lo que no se construyó en casa. Y es importante recordar que siempre es más difícil reconstruir que construir desde el inicio.

Muchos padres jóvenes dicen que hacen todo por sus hijos: trabajan más horas, se sacrifican, buscan que no les falte nada. Pero es importante entender algo fundamental: los hijos no son lo más importante de la familia; lo más importante es la relación de pareja. De esa relación nace el ambiente emocional en el que crecen los hijos.

La calidad de la relación familiar es proporcional a la calidad de la relación de pareja. Cuando la pareja se ama, se respeta y se apoya, los hijos crecen en un entorno de seguridad, afecto y valores. El ejemplo que se vive en casa se repite en los hijos, porque el ejemplo educa más que cualquier discurso.

Cuando la relación de pareja es libre, sincera, estable y basada en la aceptación mutua “te amo como eres” se crea el ambiente ideal para desarrollar valores como la autoestima. La autoestima es clave para que los hijos enfrenten la vida con seguridad y confianza. Esta se forma desde la infancia y depende, en gran medida, de los padres.

Para fortalecer la autoestima de los hijos, los padres deben expresar amor de manera constante: con palabras, abrazos, respeto, apoyo, reconocimiento, límites claros y disciplina con cariño. También es importante dar libertad responsable, acorde a la edad y personalidad de cada hijo. No todos los niños son iguales; lo que funciona con uno, no necesariamente funciona con otro.

La relación de pareja debe cuidarse de forma equilibrada en cuatro niveles básicos:

  1. Nivel físico:
    El contacto físico sano (abrazos, besos, caricias) es esencial para los hijos. La falta de afecto puede generar carencias emocionales que se arrastran hasta la vida adulta.
  2. Nivel mental:
    Debe existir respeto por la forma de pensar del otro. Escuchar, dialogar y valorar las ideas de la pareja fortalece la relación.
  3. Nivel espiritual:
    Compartir valores, creencias y el sentido profundo de la unión ayuda a mantener viva la conexión y el compromiso mutuo.
  4. Nivel emocional:
    El amor necesita expresarse con emoción, creatividad y cercanía. No basta con decir “te quiero”; hay que demostrarlo con acciones.

Educar bien a los hijos comienza con una pareja sólida y una familia que viva el amor, el respeto y los valores día a día. Ese es el verdadero cimiento de la educación.